1.- Nostalgia,
Alberto Peluffo, compañero de la promoción ’70, desde Londres
La palabra fue inventada por un científico suizo del siglo XVII a partir de raíces de la lengua griega, y se la utilizó para describir una enfermedad, tal como por ejemplo ‘claustrofobia’ o ‘melancolía’. Recién en el siglo XIX se empieza a usar para describir un afecto o un sentimiento cotidiano.
La palabra fue inventada por un científico suizo del siglo XVII a partir de raíces de la lengua griega, y se la utilizó para describir una enfermedad, tal como por ejemplo ‘claustrofobia’ o ‘melancolía’. Recién en el siglo XIX se empieza a usar para describir un afecto o un sentimiento cotidiano.
En la mayoría de los idiomas se utiliza así como suena, sin traducir o adaptar a formas más coloquiales. Entre las lenguas de Occidente, el Portugués tiene dos a falta de una! ‘Nostalgia’ y ‘Saudade’. Inútil embarcarse en definiciones que ayuden a diferenciarlas.
Como dijera un poeta español: ¿qué es nostalgia? ¿qué es saudade? Es poesía...
Hoy ya nos hemos reconciliado con esa ‘patología’, y la industria de la sensiblería y la nostalgia reduce costos al reciclar todo lo posible, desde el canal ‘Volver’ hasta sitios web y comunidades mnemónicas. Esta nueva saudade es algo tan poderoso que hasta los ateos compran arbolitos de Navidad y cantan villancicos en diciembre, con tal de sentir un poquito.
Al pensar en los años del Pellegrini, uno se deja llevar por el ritmo de la nostalgia, o de la poesía. Como un mantra, intenta detener la locura que produce la ausencia, ensayando un corralito para que la desesperación no se desmadre al sentir la falta de aquel amor de adolescencia. Pero no hay nada que hacer, una mueca no es una sonrisa.
Al igual que la poesía, la nostalgia es una imitación casi perfecta, pero no es enamoramiento. Es lo queda de aquel enamoramiento que puedo contar de mis años en el Pellegrini.
Yo crecí, entre Lunes y Viernes, en Charcas y Callao (ya sé que es Marcelo T.), en ‘George V’, en ‘Nevada’, en la calle Río Bamba y en el amontonamiento en la vereda antes de entrar a clase. Mis memorias de entonces no guardan datos suficientes para saber si es mejor el colegio exigente o el colegio contenedor. Más vale, me fumaba los primeros cigarrillos y hacía equilibrio entre el amor y la poesía, la música y el barrio, la contabilidad y la filosofía. Demasiado temprano para los Montoneros y demasiado tarde para la inocencia.
A mediados de los 60 el Pellegrini (y por supuesto el país) era represivo, gris, adulto y adusto, regimentado y nada creativo. No precisamente una escuela de formación.
Al entrar, se acababan los caleidoscopios y empezaba el canal estatal en blanco y negro. Y sin embargo, llegábamos temprano para vernos y tener esa media hora antes de clase, y nos resistíamos a volver a casa a la salida. ¿Que sueños compartíamos? ¿Sueños de progreso y triunfo profesional? ¿Sueños de una buena preparación académica para el futuro? ¿O los indescifrables sueños de amor a los latidos de la vida?
En invierno el viento traía olor a lluvia y humo de los colectivos. En primavera, olor a flores rancias de jacarandá de la placita Rodriguez Peña. D’Arienzo le cedía el paso a Sandro, y Sandro a Almendra y a Manal. El Nacional y el Maipo se desteñían, y el Instituto Di Tella se llenaba de colores.
Adentro, en el Pellegrini, aunque muy lentamente también vendrían nuevos vientos, un invierno que se resistía a irse y una primavera que avanzaba inexorable. Celadores que parecían punteros de La Matanza se iban yendo de a poco, profesores estilo doctor Mengele (o doctor Merengue) perdían audiencia y ya ni hacían reir, y llegaban en cambio profesoras encantadoras llenas de frescura.
Antes del Pellegrini hubo en mi vida un universo blanco. Después del Pellegrini, un torbellino que todavía me empuja. Aquellos pocos años deben haber sido enormes, y se sienten como décadas.
Me acuerdo sí de lo que me ayudaba a respirar y a sentir: de las horas libres, de lo azul que se veía el cielo desde el patio en los recreos, fuertes amistades y complicidades, poca plata, y al menos un álbum de los Beatles y los Stones por año, cada uno de los seis años. Casi nada eh !
Así es que el recuerdo se me quedó atrapado en aquel árbol torcido y caído sobre la orilla del lago de Palermo, en las ratas de Septiembre, en los metegoles del pasaje Obelisco, y no me alcanza para cada profesor y cada examen.
Y mejor así. Ya que va a haber nostalgia y vamos a juntar flores secas, por lo menos que sean de las más lindas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario